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BARIONÁ, o el Hijo del trueno

“El hecho de que haya tomado

 el tema de la mitología del cristianismo,

no significa que la dirección de mi pensamiento

haya cambiado ni siquiera por un momento

durante el cautiverio.

Se trataba simplemente, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros,

de encontrar un tema que pudiera hacer realidad,

esa noche de Navidad, la unión más amplia posibl

 entre cristianos y no creyentes”.

Jean Paul Sartre, 31-10-62

Prólogo

 

Música de acordeón

El Anunciador.— Mis buenos señores, voy a contaros las extraordinarias e inauditas aventuras de Barioná, el hijo del Trueno. Esta historia tiene lugar en la época en que los romanos eran dueños de Judea y espero que os interese. Podéis mirar, mientras hablo, las imágenes que están detrás de mí; os ayudarán a representaros las cosas como eran. Y si quedáis contentos, sed generosos. Suene la música, empezamos

Acordeón.

Mis buenos señores, he aquí el prólogo. Soy ciego por accidente, pero antes de perder la vista he mirado más de mil veces las imágenes que vais a contemplar y las conozco de memoria porque mi padre era mostrador de imágenes como yo y me ha dejado estas en herencia. Esta que veis detrás de mí y que señalo con el bastón, sé que representa a María de Nazaret. Un ángel acaba de anunciarle que tendrá un hijo y que ese hijo será Jesús, Nuestro Señor.

El ángel es inmenso, con dos alas como dos arcoiris. Ustedes pueden verlo, yo no, pero lo contemplo todavía en mi cabeza. Ha penetrado como una inundación en la humilde casa de María y la ha llenado con la presencia de su cuerpo fluido y sagrado y la de su gran vestidura flotante. Si miráis atentamente el cuadro, os daréis cuenta que se pueden ver los muebles de la habitación a través del cuerpo del ángel. Se ha querido remarcar así su transparencia angélica. Está delante de María, que apenas le mira. María reflexiona. El ángel no tiene necesidad de hacer oír su voz, similar a la del huracán. No ha hablado; ella le presentía ya en su carne. En este momento el ángel está delante de María y María es innombrable y misteriosa como un bosque por la noche y la buena noticia se ha adentrado en ella como un viajero se pierde en los bosques. Y María está llena de pájaros y de largos murmullos de hojas. Y mil pensamientos sin palabras se despiertan en ella, pesados pensamientos de madres que sienten dolor. Y mirad, el ángel parece desconcertado ante esos pensamientos demasiado humanos: lamenta ser ángel, porque los ángeles no pueden nacer ni sufrir. Y esta mañana de Anunciación, ante los ojos sorprendidos de un ángel, es la fiesta de los hombres porque es el momento en el que el hombre va a ser sacralizado. Mirad bien la imagen, mis buenos señores, y suene la música; el prólogo ha terminado; la historia va a comenzar nueve meses más tarde, el 24 de diciembre, en las altas montañas de Judea.

Música. Nueva imagen.

El Anunciador.— Ved, esto son rocas y ahí tenemos un asno. El cuadro representa un desfiladero salvaje. El hombre que viaja sobre el asno es un funcionario romano. Es gordo y flácido, pero está de muy mal humor. Han pasado nueve meses desdela Anunciacióny el romano se apresura a través del desfiladero porque la noche va a caer y quiere llegar a Bethaur antes de que oscurezca. Bethaur es un pueblecito de ochocientos habitantes, situado a veinticinco leguas de Belén y a siete de Hebrón. El que sepa leer podrá, cuando vuelva a casa, encontrarlo en un mapa. Ahora van a ver las intenciones de este funcionario, porque acaba de llegar a Bethaur y de entrar en casa de Leví, el publicano.

Se levanta el telón.

Primer cuadro

En casa de Leví, el publicano.

 

Escena I

Lelius, el  publicano

Lelius (inclinándose hacia la puerta).— Mis respetos, señora. Querido, vuestra esposa es encantadora. ¡Hum! Vamos, tenemos que hablar cosas importantes. Sentaos. Sí, sí, sentaos y hablemos. Estoy aquí por lo del censo ese…

El publicano.— ¡Cuidado, Señor Superintendente, cuidado!

Se quita su zapatilla y golpea el suelo.

Lelius.— ¿Qué era? ¿Una tarántula?

El publicano.— Una tarántula. Pero en esta época del año el frío las atonta notablemente. Ésta, se arrastraba, pero iba medio dormida.

Lelius.— Encantador. Y también tenéis escorpiones, por supuesto. Escorpiones igual de dormidos que matarían limpiamente, mientras bostezan de sueño, a un hombre de ciento ochenta libras. El frío de vuestras montañas puede aterir a un ciudadano romano pero no puede hacer que revienten vuestros sucios bichos. Se debería advertir, en Roma, a los jóvenes que se preparan en la escuela colonial, que la vida de un administrador de las colonias es un condenado tormento.

El publicano.— Oh, Señor Superintendente…

Lelius.— Lo dicho: un condenado tormento, querido. Llevo dos días vagando a lomos de mula por estas montañas y no he visto ni un ser humano; ni siquiera una planta, ni tan siquiera una mala hierba. Sólo bloques de piedras rojas, bajo un cielo implacable de un azul helado, y con este frío, siempre este frío que me pesa como el plomo y, de cuando en cuando, un poblacho como éste, una boñiga de vaca. Brrr… ¡Qué frío!… Incluso aquí, en vuestra casa… Por supuesto, los judíos, no sabéis calentaros; cada año os sorprende el invierno, como si fuese el primer invierno del mundo. Sois verdaderos salvajes.

El publicano.— ¿Puedo ofreceros un poco de aguardiente para haceros entrar en calor?

Lelius.—  ¿Aguardiente? Hum… Os diré que la administración colonial es muy estricta: no debemos aceptar nada de nuestros subordinados cuando estamos en ronda de inspección. Veamos, tendré que hacer noche aquí. Partiré para Hebrón pasado mañana. Por supuesto, ¿a que no hay albergue?

El publicano.— El pueblo es muy pobre, señor Superintendente; nunca viene nadie. Pero yo me atrevería…

Lelius.—  …¿me ofreceríais una cama en vuestra casa? Pobre amigo mío, sois muy amable, pero es lo de siempre: prohibido hospedarse en casa de nuestros subordinados cuando estamos de servicio. Qué queréis, nuestros reglamentos han sido redactados por funcionarios que nunca han salido de Italia y que no tienen ni idea de lo que es la vida en las colonias. ¿Dónde debería pasar la noche? ¿Al raso? ¿En un establo? Esto no se corresponde con la dignidad de un funcionario romano.

El publicano.— ¿Puedo permitirme insistir?

Lelius.— Sí, amigo mío. Insistid, insistid. Tal vez acabe por ceder ante vuestra insistencia. Si os comprendo bien, ¿queréis decir que vuestra casa es la única del pueblo que puede aspirar al honor de recibir al representante de Roma? Bueno… ¡Oh!, y en realidad, en resumidas cuentas, no estoy exactamente en ronda de inspección… Querido, me quedaré en vuestra casa esta noche.

El publicano.— ¿Cómo puedo agradeceros el honor que me hacéis? Estoy profundamente emocionado…

Lelius.—  Me lo imagino, amigo mío, me lo imagino. Pero no lo vayáis gritando por los tejados: sería tan perjudicial para vos como para mí.

El publicano.— No diré una palabra a nadie.

Lelius.— Perfecto. (Extiende las piernas). ¡Uf!, estoy agotado. He visitado quince pueblos. Decidme una cosa, me estabais hablando de un aguardiente hace un momento…

El publicano.— Aquí tenéis.

Lelius.— ¡Qué demonios! Tengo que beber. Y ya que me ofrecéis alojamiento, sería conveniente que me dieseis también de beber y de comer. Excelente aguardiente, merecería ser romano.

El publicano.— Gracias, señor Superintendente.

Lelius.— ¡Uf…! Querido, este censo es una historia imposible y no sé qué cortesano alejandrino ha podido sugerir la idea al divino César. Se trata, simplemente, de contar a todos los hombres de la tierra. Daos cuenta, es una idea grandiosa. Pero luego, id a llevarla a la práctica en Palestina: la mayor parte de vuestros correligionarios no saben ni siquiera la fecha de su nacimiento. Han nacido el año de la gran crecida, el año de la gran cosecha, el año de la gran tempestad… Auténticos salvajes. No os ofendo, ¿verdad? Vos sois un hombre cultivado, aunque seáis israelita.

El publicano.— Tengo la gran ventaja de haber estudiado en Roma.

Lelius.— Bien hecho. Se nota en vuestras maneras. Veamos, vosotros sois Orientales, ¿captáis el matiz? No seréis nunca racionalistas, sois un pueblo de magos. Desde este punto de vista, vuestros profetas os han hecho mucho daño, os han habituado a la solución perezosa: el Mesías. El que vendrá a arreglar todo, el que liquidará con un toque la dominación romana y establecerá la vuestra en todo el mundo. Y consumís mesías… Cada semana surge uno nuevo y os cansáis de él en ocho días, como hacemos en Roma con los cantantes de music-hall o con los gladiadores. El último que me han enviado era albino e idiota en sus tres cuartas partes, pero tenía visiones nocturnas como todos los de su especie: las gentes de Hebrón se maravillaban. Qué queréis que os diga: el pueblo judío es aún muy inmaduro.

El publicano.— En efecto, señor Superintendente, sería deseable que muchos de nuestros estudiantes pudieran ir a Roma.

Lelius.— Sí. Eso nos proveería de mandos. Daos cuenta de que el gobierno de Roma, siempre que fuese consultado con antelación, no vería con malos ojos la elección de un Mesías conveniente. Alguien que viniese de una antigua familia judía, por ejemplo, que hubiese hecho sus estudios con nosotros y que presentase garantías de respetabilidad. Incluso podría darse que nosotros financiáramos la empresa porque —que esto quede entre nosotros— empezamos a hartarnos de los Herodes y, por otra parte, querríamos, en su propio interés, que el pueblo judío asentase de una vez la cabeza. Nos vendría bien un verdadero Mesías, un hombre que diese pruebas de una comprensión realista de la situación de Judea.

Hum… ¡Brr…!¡Brr…! ¡Qué frío hace en vuestra casa! Decidme, ¿habéis convocado al jefe del pueblo?

El publicano.— Sí, Señor Superintendente, estará aquí en un instante.

Lelius.— Se tiene que hacer cargo de toda esta historia del censo; debería poderme dar las listas mañana por la tarde.

El publicano.— A vuestras órdenes.

Lelius.— ¿Cuántos sois?

El publicano.— Alrededor de ochocientos

Lelius.— ¿Es rico el pueblo?

El publicano.— ¡Ay…!

Lelius.— ¡Ah, ah!

El publicano.— Me pregunto cómo la gente puede vivir. Hay algunos pastos ralos; pero hay que hacer entre diez y quince kilómetros para encontrarlos. Eso es todo. La aldea se va despoblando poco a poco. Cada año, cinco o seis de nuestros jóvenes bajan a Belén. La proporción de viejos supera ya a la de jóvenes. Además, la natalidad es baja.

Lelius.— ¿Qué esperáis? No se puede criticar a los que se van a la ciudad. Nuestros colonos han instalado fábricas admirables en Belén. Puede ser que por ahí venga la luz. Una civilización tecnificada, ya sabéis lo que quiero decir, ¿eh? No he venido solamente por lo del censo. Decidme, cuántos impuestos recaudáis.

El publicano.— Bueno, hay doscientos indigentes que no aportan nada y los demás pagan sus diez dracmas. Contad, año bueno con año malo, cinco mil quinientos dracmas. Una miseria.

Lelius.— Sí. Hum… Bien, sin embargo habría que tratar de sacar ocho mil. El procurador eleva la capitación a quince dracmas.

El publicano.— Quince dracmas… Es… Es imposible.

Lelius.— ¡Ah!, esa es una palabra que no debisteis oír a menudo cuando estuvisteis en Roma. Vamos, seguro que tienen más dinero del que dicen. Y, además… Hum… Sabéis que el gobierno no quiere meter las narices en los asuntos de los publicanos, pero, de todas maneras, creo que vos no perdéis con ellos, ¿no es así?

El publicano.— No digo que no… No digo que no… ¿Son dieciséis dracmas lo que habéis dicho?

Lelius.— Quince.

El publicano.— Sí, pero el decimosexto es para mis gastos.

Lelius.— Hum… Ah… (Se ríe). Vuestro jefe… ¿Qué clase de persona es?… Se llama Barioná, ¿no es así?

El publicano.— Sí, Barioná.

Lelius.— Esto es delicado. Muy delicado. Se ha cometido un gran error en Belén. Su cuñado vivía en la ciudad, tuvo allí no sé qué embrollada historia de un robo y, finalmente, el tribunal judío le condenó a muerte.

El publicano.— Lo sé. Fue crucificado. La noticia nos llegó hace más o menos un mes.

Lelius.— Sí. Hum… Y, ¿cómo se ha tomado la cosa el jefe?

El publicano.— No ha dicho nada.

Lelius.— Sí. Malo. Muy malo eso… ¡Ah!, es un grave error. Sí. Entonces, ¿que clase de persona es el Barioná ese?

El publicano.— Duro de trato.

Lelius.— De la raza de los pequeños jefes feudales. Me lo temía. Estos montañeses son rudos como sus rocas. ¿Recibe dinero nuestro?

El publicano.— No quiere aceptar nada de Roma.

Lelius.— ¡Lástima! ¡Ah!, eso no huele nada bien. No nos quiere mucho, me imagino.

El publicano.— No sé. No dice nada.

Lelius.— ¿Casado? ¿Niños?

El publicano.— Querría, dicen, pero no tiene. Es su mayor preocupación.

Lelius.— No me gusta; no me gusta nada. Tiene que tener un punto débil… ¿Las mujeres?… ¿Las condecoraciones?… ¿No? En fin, ya veremos.

El publicano.— Aquí está.

Lelius.— Esto va a ser duro.

Entra Barioná.

El publicano.— Buenos días, señor.

Barioná.— Fuera, perro. Pudres el aire que respiras y no quiero estar en la misma habitación que tú. (Sale El publicano). Mis respetos, señor Superintendente.

Escena II

Lelius, Barioná

Lelius.— Os saludo, gran jefe, y os traigo el saludo del Procurador.

Barioná.— Soy tanto más sensible a este homenaje cuanto más sé que soy totalmente indigno de él. Soy, en estos momentos, un hombre deshonrado, el jefe de una familia hundida.

Lelius.— ¿Queréis hablar de este deplorable asunto? El Procurador me ha encargado especialmente que os diga cuánto lamenta los rigores del tribunal judío.

Barioná.— Os ruego que transmitáis al Procurador mi agradecimiento por su graciosa solicitud. Me refresca y me sorprende como una corriente bienhechora en el corazón tórrido del verano. Conociendo el poder absoluto del Procurador, y viendo que permitía a los judíos semejante arresto, había pensado que lo aprobaba.

Lelius.— Pues bien, os equivocabais. Os equivocabais de medio a medio. Intentamos presionar al tribunal judío, pero, ¿qué podíamos hacer? Fue inquebrantable y deploramos su celo intempestivo. Haced como nosotros, jefe: endureced vuestro corazón y sacrificad vuestro resentimiento a los intereses de Palestina. Os digo que no hay interés más urgente, aunque para algunos conlleve aspectos desagradables, que conservar sus costumbres y su administración local.

Barioná.— No soy más que un jefe de pueblo y me excusaréis si no entiendo nada de esa política. Mi razonamiento es, ciertamente, más obtuso: yo diría que he servido a Roma con lealtad y que Roma es todopoderosa. Por tanto, es necesario que haya dejado de agradarle para que deje que mis enemigos de la ciudad me hagan esa injuria. Por un momento creí ponerme a salvo de sus odios deshaciéndome de todos mis poderes. Pero los habitantes de este pueblo, que han mantenido su confianza en mí, me rogaron que siguiera al frente.

Lelius.— ¿Y habéis aceptado? En buena hora. Habéis comprendido que un jefe debe poner los asuntos públicos por delante de sus rencores personales.

Barioná.— No tengo ningún rencor hacia Roma.

Lelius.— Perfecto. Perfecto. Perfecto. Hum… Los intereses de vuestra patria, jefe, son dejar que guíe suavemente sus pasos hacia la independencia por la mano firme y benevolente de Roma.

¿Queréis que os dé, ahora, la ocasión de probar al Procurador que vuestra amistad por Roma está tan viva como siempre?

Barioná.— Os escucho.

Lelius.— Roma está involucrada, contra su deseo, en una larga y difícil guerra. Más que como una ayuda efectiva, apreciaría una contribución extraordinaria de Judea a sus gastos de guerra como un testimonio de solidaridad.

Barioná.— ¿Queréis subir los impuestos?

Lelius.— Roma lo necesita.

Barioná.— ¿La capitación?

Lelius.— Sí.

Barioná.— No podemos pagar más.

Lelius.— No se os pide más que un pequeño esfuerzo. El Procurador eleva la capitación a dieciséis dracmas.

Barioná.— ¡Dieciséis dracmas! Pero vamos a ver. Esos viejos montones de tierra roja, agrietados, hendidos, cuarteados, como nuestras manos, esas son nuestras casas. Se deshacen en polvo; tienen cien años. Mirad a esa mujer que pasa, encorvada bajo el peso de su fardo, a ese tipo que lleva un hacha: no son más que viejos. Todos viejos. El pueblo agoniza ¿Habéis oído el grito de algún niño desde que estáis aquí? Puede que quede una veintena de muchachos. Pronto se irán ellos también. ¿Qué podría retenerles? Para comprar la miserable carreta que utiliza todo el pueblo nos hemos endeudado hasta el cuello. Los impuestos nos agotan, nuestros pastores necesitan hacer diez leguas para llevar nuestros corderos a unos pastos miserables. El pueblo se desangra. Desde que vuestros colonos romanos han puesto las serrerías mecánicas en Belén, nuestra sangre más joven corre de roca en roca, como una fuente cálida, en hemorragias y cascadas, a regar las tierras bajas. Nuestros jóvenes están allí, en la ciudad. En la ciudad, donde se les reduce a servidumbre, donde se les paga un salario de hambre, en la ciudad, que les matará a todos como ha matado a Simón, mi cuñado. Este pueblo agoniza, señor Superintendente, ya apesta. Y venís a apretar más a esta carroña, venís todavía a pedirnos oro para vuestras ciudades, para la llanura. Dejadnos morir tranquilos. Dentro de cien años no quedará ni rastro de nuestra aldea, ni en esta tierra ni en la memoria de los hombres.

Lelius.— Y bien, gran jefe, por lo que a mí respecta, soy muy sensible a lo que tan bien habéis querido decirme y comprendo vuestras razones; pero ¿qué puedo hacer yo? El hombre está de corazón con vos, pero el funcionario romano ha recibido órdenes y tiene que ejecutarlas.

Barioná.— Sí. ¿Y si rehusáramos pagar el impuesto?

Lelius.— Sería una grave imprudencia. El Procurador no admitiría esa mala voluntad. Creo que puedo deciros que sería muy severo. Confiscaría vuestros corderos.

Barioná.— ¿Vendrían los soldados a nuestro pueblo como lo hicieron en Hebrón el año pasado? ¿Violarían a nuestras mujeres y se llevarían nuestros animales?

Lelius.— Sois vos quien puede evitarlo.

Barioná.— Está bien. Voy a reunir al Consejo de Ancianos para darle cuenta de vuestras peticiones. Contad con una rápida resolución. Deseo que el Procurador se acuerde durante mucho tiempo de nuestra docilidad.

Lelius.— Podéis estar seguro. El Procurador tendrá en cuenta vuestras dificultades actuales, que yo le describiré fielmente. Estad seguros de que si podemos ayudaros no nos quedaremos inactivos. Os saludo, gran jefe.

Barioná.— Mis respetos, señor Superintendente.

Sale.

Lelius  (Solo).— Esta súbita obediencia me da mala espina; este salvaje de ojos de fuego medita un golpe bajo. ¡Leví! ¡Leví! (Entra El publicano). Dadme un poco más de vuestro aguardiente, amigo mío, porque tengo que prepararme para grandes problemas.

Telón

El anunciador.— El funcionario romano tiene razón. Tiene razón al desconfiar, porque Barioná, nada más salir de casa del publicano, ha hecho sonar la trompeta para llamar a los Ancianos al Consejo.

Crimen y castigo, y el perdón de los pecados en Dostoyevski [1]

Rodión Raskólnikov es un estudiante pobre y orgulloso, con aspiraciones de grandeza. Vegeta en una ciudad enloquecida, agobiado por el calor, la miseria, la estrechez de los cuartos, la brutalidad. Un día decide dar un paso adelante para salir de su situación, matando y robando a una vieja usurera. Raskólnikov ha elaborado previamente una teoría que le autoriza a ejecutar su proyecto: si un individuo «superior» necesita en bien de su idea «pasar por encima de un cadáver o de un charco de sangre, opino que se puede permitir en su fuero interno y según su conciencia, pasar por encima de ese charco de sangre». Así lo hizo Napoleón; así pretende hacerlo Raskólnikov, pues a un verdadero amo «todo le está permitido». Y la vieja usurera cae bajo el hacha del estudiante.

Si el lector piensa que la muerte de Aliona Ivánovna es el crimen de Raskólnikov, se equivoca. El asesinato es ya parte de su castigo. Tomada la terrible decisión, una serie de circunstancias empuja al asesino hasta el cumplimiento del crimen «como si su abrigo se hubiera enganchado en el engranaje de una máquina y hubiera sido arrastrado por completo». El verdadero crimen consiste en pensar que la usurera (un ser humano) es un piojo que se puede matar; consiste en atribuirse la capacidad de juzgar sobre la vida y la muerte; en creer que todo está permitido. Raskólnikov descubrirá, por el contrario, que al matar a la usurera no ha consumado su destino de ser superior, sino que se ha matado a sí mismo. Empujado por su conciencia confiesa el asesinato y marcha a Siberia acompañado de Sonia, la joven que se ha prostituido para alimentar a una familia destruida por el alcoholismo, la miseria, y la enfermedad, y que se enamora del desdichado estudiante. Esta Sonia, de «insaciable compasión», ha hecho de su vida lo contrario de Raskólnikov, entregándose al sacrificio total con total humildad: por eso puede apiadarse de todos, de su miserable padre alcoholizado y de Raskólnikov. Al brutal argumento del asesino, responde Sonia con una sencillez inobjetable: «—Después de todo, Sonia, solo he matado un piojo, un asqueroso piojo…—Este piojo era un ser humano». Para Sonia (como para su creador Dostoyevski) ser humano significa compadecer y amar. Raskólnikov se arrepiente pero no quiere reconocer que ama, petrificado en la soledad radical a que lo condena su crimen, pues el que mata a su hermano (como bien sabe Caín) es apartado de la humanidad y entregado a la desesperación más absoluta.

En Siberia, después de una enfermedad (crisis simbólica de la conciencia) Raskólnikov, por fin, se arroja a los pies de Sonia y llora sus culpas. Después, los otros presos, que lo odiaban y apartaban de sí, lo admiten como su semejante: a través del sufrimiento y del amor el proscrito regresa a la humanidad. El amor de Sonia ha hecho el milagro y Raskólnikov comprende lo que no entendía cuando desde su orgullo acusaba a Sonia (quizá el personaje de más profunda dulzura que ha creado Dostoyevski) de haber levantado la mano contra sí misma y haber arruinado su vida. Pero está escrito: «El que conserve su vida la perderá y el que la pierda por mí la hallará»: para la mirada científica que pretende aplicar Raskólnikov la vida de Sonia es un fracaso: ¿merece la pena prostituirse para sustentar a un ser como Marmeládov, que roba para beber los vestidos de su desgraciada mujer Catalina, y acaba aplastado por un caballo? Pero ¿quién es Raskólnikov —o el lector— para juzgarlo? Oigamos al mismo Marmeládov: «Preguntas por qué hay que compadecerme… Quien nos compadecerá es el que a todos ha compadecido, el que a todos y a cada uno ha comprendido: Él es el único juez. Vendrá ese día y preguntará “¿Dónde está la hija que se vendió en aras de una madrastra agria y tísica, en aras de unos niños pequeños y ajenos? ¿Dónde está la hija que se compadeció de su padre terrenal, borracho empedernido?” Y dirá: Ven a Mí… Y perdonará a mi Sonia… Y cuando haya concluido con los demás nos llamará también a nosotros, los borrachos, los débiles…Nos abrirá sus brazos y lloraremos y lo comprenderemos todo».

Se ha dicho que Dostoyesvki solo retrata locos y enfermos. Raskólnikov tiembla constantemente de fiebre, delira y se desvanece, el canalla Svidrigáilov sufre alucinaciones y acaba suicidándose; Marmeládov es alcohólico terminal y Catalina Ivánovna sufre la última fase de la tuberculosis… toda la ciudad de San Petersburgo es una ciudad de semilocos (como dice Svidrigáilov) que se mueven en la bruma de un sueño sórdido por sucias callejuelas y percudidas buhardillas, yendo de la infame taberna al presidio. Estos personajes van, sin embargo, más allá de la enfermedad física o mental: caminan entre el crimen y la santidad, y en la niebla de su locura conocen y enseñan la verdad última que nos propone el escritor iluminado: solo es vil el espíritu que desprecia por orgullo a sus hermanos y se cree con derecho a matar a su semejante.

Ningún otro crimen cierra la puerta al perdón, ese perdón que siempre consigue el pecador arrepentido que alcanza la humildad necesaria y que se doblega al amor: esta es la lección que comprende en Siberia Raskólnikov: «sintió un arrebato que lo arrojó a los pies de Sonia. Lloraba abrazado a sus rodillas. En el primer instante la muchacha se asustó mucho, pero también en ese mismo instante lo comprendió todo. Una dicha infinita brilló en sus ojos. Había comprendido, ya sin lugar a dudas, que la amaba, que la amaba infinitamente y que ese momento anhelado había llegado al fin. Los dos estaban demacrados y flacos, pero en sus rostros enfermizos y pálidos resplandecía ya el amanecer de un futuro renovado, de la resurrección a una nueva vida. Los había resucitado el amor y el corazón de cada uno era manantial inagotable de vida para el corazón del otro».

Crimen y castigo, como todas las novelas de Dostoyevski, es un libro de alta tensión cuyas descargas de humano sufrimiento, compasión, perdón y esperanza reclaman a los corazones muertos de todos los Raskólnikovs de este mundo: «compadece y ama a tus hermanos, y entonces, levántate y anda».


[1] Santiago Arellano, publicado el 24 de diciembre de 2010 en  http://jardindelosclasicos.blogspot.com

Selección de libros preparada por José Ramón Ayllón (28-XI-2011)

http://www.jrAyllon.es

Momentos estelares de la humanidad, Stefan ZWEIG, Ed. Acantilado.

Catorce episodios esenciales de la historia humana, narrados con un conocimiento y una amenidad insuperables: La caída de Constantinopla, la revolución comunista rusa, el descubrimiento de América, Napoleón en Waterloo, Dostoievski, Goethe…

Una muy breve historia de casi todo, Bill BRYSON, Ed. Molino.

Excelente divulgación sobre los orígenes y la complejidad del Universo, de la Tierra, de la vida y del hombre. Con ilustraciones magníficas. Deslumbrará a jóvenes y adultos.

La comedia humana, William SAROYAN, Ed. Acantilado. Premio Pulitzer.

Bellísima forma de narrar el claroscuro de la vida cotidiana a través de la mirada limpia del joven Homer Macauley y su familia. Pequeños y grandes nos transmiten que la comprensión y el optimismo merecen la pena. Premio Pulitzer.

Un árbol crece en Brooklyn, BETTY SMITH, Ed. Lumen. Premio Pulitzer.

La protagonista es una chiquilla que malvive en Brooklyn con su familia pobre, digna y original. Todos los personajes, con sus virtudes y defectos, despiertan el interés y la simpatía del lector. La novela refleja a la perfección la vida y los sueños de miles de inmigrantes que sobrevivían a duras penas en la New York de comienzos del XX.

Un adolescente en la retaguardia, Plácido GIL IMIRIZALDU, Ed. Encuentro.

Los recuerdos de un hombre a quien el estallido de la Guerra Civil española pilló, con apenas quince años, en el monasterio de El Pueyo (Barbastro), donde cursaba sus estudios. Una portada sin gracia para un tesoro de historia, que comienza con la cárcel y el martirio de los monjes benedictinos.

El viento en los sauces, Kenneth GRAHAME, Ed. Anaya.

Las aventuras de una rata de agua, un sapo, un topo, un tejón y una familia de ratones, en un bosque y un río. Humor, tensión dramática, ternura y construcción exacta de los protagonistas en el mejor cuento que ha producido la literatura inglesa en el siglo XX. Una verdadera joya, que se puede disfrutar a partir de los 12 años.

Macbeth, William SHAKESPEARE, Ed. Cátedra.

La conciencia nos susurra el camino, pero hay otras voces en la vida. Macbeth escuchó la llamada insistente de la ambición y reinó la violencia. Hasta que el remordimiento se alzó como potro de tortura insoportable. Shakespeare refleja de forma insuperable la interioridad humana y su dimensión necesariamente moral.

Crimen y castigo, Fiódor DOSTOIEWSKI, Ed. Cátedra.

Un joven estudiante de Derecho está obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores: los que están por encima del bien y del mal. Para ello decide cometer fríamente un asesinato y comprobar que la conciencia moral no le remuerde, no existe, es un engaño.

El hombre en busca de sentido, Viktor FRANKL, Ed. Herder.

Magnífico relato de uno de los grandes psiquiatras del siglo XX, judío y superviviente de Auschwitz. Entre sus recuerdos, los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, demostrando que al ser humano se le puede arrebatar todo salvo la última libertad: la elección de su propio camino.

 Apología de Sócrates. Critón. Carta VII, PLATÓN, Ed. Espasa.

Tres de las obras más fáciles y amenas de Platón. En la Apología y el Critón recibimos la herencia fecundísima de un Sócrates condenado injustamente a muerte. La Carta VII es un documento excepcional donde Platón resume su biografía y su sentido de la vida.

La familia de Pascual Duarte se queda huérfana[1]

La muerte de Camilo José Cela (1916-2002) deja huérfana una etapa de la narrativa española que ha sido marcada por su presencia literaria desde la aparición en 1942 de la que quizá sea su mejor obra, La familia de Pascual Duarte. La variada obra del novelista lleva la marca de un continuo intento de renovación, meritorio como objetivo, irregular en sus logros. Para los analistas de sistemas literarios algunas novelas «estructuralistas», desde San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973), hasta Cristo versus Arizona (1988) o El asesinato del perdedor (1994), etc. ofrecen oportunidades propicias a la divagación teórica; para los lectores que se acercan con sinceridad ingenua a las historias de otros seres humanos, Pascual Duarte y los desvalidos personajes de La colmena permanecerán siempre como los más cercanos al corazón y a la memoria.

En estas dos novelas fundamentales la tendencia disgregadora y la característica obsesión de Cela por el nombre extravagante y la galería de homúnculos pintorescos ceden a la indagación tierna y amarga de unas vidas truncadas por las circunstancias y la falta de caridad. El hombre vestido de pierrot, ulpiano el lapidario, el bufón, el canónigo don iluminado, el niño lepórido o la mujer vestida de coronel prusiano que pululan entre otros monstruitos de la fauna fantasmagórica de Oficio de tinieblas, pueden divertir algunos ratos con su caricatura; y lo mismo puede decirse de congéneres más recientes como Michel Percival el Agachadizo, Adrián Ortega Marabuto el Simonito o Arquimbandio Celeste García, alias Talparia -sepulturero perfumado de pachulí- en El asesinato del perdedor. Admira su juego lingüístico, la ilación de palabras de escogida sonoridad, de evocaciones humorísticas, de ritmos cambiantes y sortilegios verbales. Son, no obstante, libros olvidables.

Pero La familia de Pascual Duarte no permite el olvido. Este relato autobiográfico de un asesino a ratos angélico revive eficaces tradiciones españolas como la novela picaresca o el romance de ciego. Pascual, sin embargo, a despecho de sus rasgos comunes con Lazarillos, Guzmanes y Buscones (familia infame, aventuras truculentas, marginación) se diferencia de ellos en dos aspectos esenciales: le falta el cínico ingenio que permite sobrevivir a los otros, y guarda en el fondo, ahogada por la ignorancia y la brutalidad generalizada, un ansia de amor y humanidad, de vida pacífica y feliz. Como nos informan sus memorias, escritas en la antesala del garrote vil -en el que morirá ignominiosamente-, Pascual Duarte no alcanzará nunca este paraíso que le está vedado. Su vida es una carrera de violencias sufridas y ejercidas sobre los demás. Unas muertes nos parecen más gratuitas (la de la perra Chispa), otras más comprensibles (la de la yegua, la del Estirao, el asesinato tremendo de la madre…), pero en realidad Pascual mata como respira; pareciera que frente a los acosos de su vida, frente a las sensaciones angustiosas que lo asaltan, solo conociera la reacción violenta. Su rudimentario espíritu se entrega al fatalismo, se encoge ante la intuición de una vaga culpa acrecida y concretada en su conducta asesina:

«Esa fatalidad, esa mala estrella parece como complacerse en acompañarme. Las más grandes tragedias de los hombres parecen llegar como sin pensarlas, con su paso de lobo cauteloso, a asestarnos su aguijonazo repentino y taimado como el de los alacranes. Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía».

Es verdad que los episodios que nos cuenta de su vida dan poca cabida al optimismo. En el páramo de catástrofes (palizas infantiles, muerte grotesca del padre rabioso, de su hermano Mario, de sus hijos, de su madre…) solo alumbra una débil llama: el cariño de su hermana Rosario que pudiera haberlo salvado. No pudo ser. Pascual Duarte solo se salvará en la compasión del lector que conoce en él a un animal primitivo pero carente de verdadera crueldad, una víctima de heredadas violencias, hijo desvalido de un pueblo sin misericordia. En un tono de menor truculencia, pero que explora más facetas de la melancolía, La colmena supone otro acontecimiento excepcional en el panorama novelístico español del siglo XX. En la nota preliminar a la primera edición (aparecida en Buenos Aires por problemas con la censura en España) declara Cela que este libro «no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad, un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre»: en esta colmena que es el Madrid de la posguerra, los personajes-abejas aparecen y desaparecen fugazmente, entrando y saliendo de las celdillas (cafés, calles, casas de vecinos, tenduchos, estancos, pensiones y lupanares), la mayoría tristes, enfermos, necesitados, inquietos y asustados; otros brutales, burlones, opresores.

El narrador se limita a presentar las sucesivas escenas, episodios mínimos que forman una compleja red de pequeñas historias de humillación y -aunque lo niegue Cela- de ocasional solidaridad frente a la trágica incomunicación. En toda esa colmena sucede como en el corazón del café, ciertas tardes neblinosas: late como el de un enfermo, sin compás «y el aire se hace como más espeso, más gris, aunque de cuando en cuando lo cruce como un relámpago, un aliento más tibio que no se sabe de donde viene, un aliento lleno de esperanza que abre, por unos segundos, un agujerito en cada espíritu». Más fresco y luminoso es el aire que corre en otro de los grandes libros de Cela, Viaje a la Alcarria. El escritor vagabundo recorre con su mochila los caminos y los pueblos, topa con personajes pintorescos, bebe en las tabernas, duerme en las pensiones, come los sabrosos guisados y paladea los no menos sabrosos nombres de Cifuentes, Zorita de los Canes, Brihuega y Sacedón. No falta el curioso niño erudito que pregunta al viajero «¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros?», ni el detective popular que deduce que el escritor es oriundo de Aranzueque: «¿Usted es de Aranzueque? -No. – Es que tiene usted cara de hambre». Libro «sencillo, inmediato y directo, contado a la pata la llana» según su autor, el Viaje a la Alcarria es una obra maestra de percepción de tipos y paisajes, impregnada de la ternura con que se miran las cosas que no se volverán a ver.

El escritor -escribe Cela en otro lugar- «es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin». El hombre no puede resistir mucho contra el tiempo; pero las grandes obras de Cela no morirán tan fácilmente.


[1] Ignacio Arellano, Diario de Navarra, 19 de enero de 2002

Lucía Baquedano: “Después de los padres, es el maestro quien debe encauzar bien a un niño”[1]

La protagonista de Cinco panes de cebada podría ser la maestra ideal. Sin embargo, la autora de la novela asegura que conoce a muchos maestros como Muriel


[1] Entrevista publicada en el n. 660 de la revista Nuestro Tiempo, enero-febrero de 2010.

Es difícil medir el alcance de una novela. De Cinco panes de cebada se podría decir que se han vendido cerca de 200.000 ejemplares, pero el dato no permite imaginar el entusiasmo que el relato ha despertado en muchos de sus lectores. En Google se pueden encontrar 120.000 entradas tecleando el título. Algunas conducen a páginas y blogs escolares donde los alumnos más decididos afirman con rotundidad que ha sido el mejor libro de su vida. Lucía Baquedano lo escribió en 1960, cuando tenía 23 años y trabajaba en una oficina de Pamplona. La novela cuenta la historia de una joven maestra que se estrena en un pueblo de la montaña navarra. Muchas maestras rurales han encontrado un eco de sus propias vidas en las páginas de la novela, a pesar de que la autora asegura que el personaje es sólo fruto de su imaginación. Muriel, en cualquier caso, tiene algo de icono, de maestra ideal.

¿Hasta qué punto es importante un buen maestro en la educación de un niño?

Tan importante que puede ser la base de la educación. Un niño bien formado tiene más posibilidades de empezar los estudios secundarios con interés, y tras los padres, es el maestro quien debe encauzarlo bien.

¿Hay realmente maestras y maestros como la Muriel de Cinco panes de cebada?

Aunque los tiempos han cambiado y no creo que los maestros de hoy tengan necesidad de pintar la escuela con sus propias manos o crear una biblioteca sin ayuda alguna, conozco a muchos maestros tan entregados como Muriel.

¿Hubo alguna persona concreta que le inspirara el personaje?

El personaje es sólo fruto de mi imaginación.

¿Tuvo buenos maestros en su niñez? ¿Recuerda a alguno en especial?

Tuve una excelente maestra, María Ibáñez, a la que recuerdo con respeto y cariño. Seguí tratándola hasta que murió.

Cinco panes de cebada despierta cierta nostalgia, como si las circunstancias que rodean la historia ya no fuesen posibles en esta época de videojuegos y actividades extraescolares. 

La nostalgia es posible, porque efectivamente todo ha cambiado, pero no creo que debamos añorar aquella época ya que los adelantos, incluso el bienestar económico, favorecen la educación. Con respecto a las extraescolares y los videojuegos de los niños de hoy, tendremos que esperar unos años para ver el resultado. A lo mejor nos llevamos una sorpresa.

¿Cuándo y cómo escribió el libro?

Escribí Cinco panes de cebada hacia 1960, sin ningún propósito determinado, sólo porque  me gustaba escribir. Elegí el mundo rural porque disfrutaba en el pueblo de mi padre a donde iba con frecuencia.

¿Ha encontrado a maestras que se hayan visto reflejadas en la historia de Muriel?

Muchísimas. Tantas, que incluso al leer el libro han dado por supuesto que también soy maestra y que la historia es vivida. Según dicen, he descrito no sólo su experiencia en escuelas rurales, sino incluso sus sentimientos.

La cabaña, de Wiliam Paul Young[1]

William Paul Young (1955), escritor canadiense afincado en Oregón (EEUU), escribió esta historia para su mujer y sus seis hijos y financió personalmente los gastos de la edición del libro. Era el primer libro que escribía y en él intentó volcar muchas de sus experiencias religiosas. Young vivió durante años en Nueva Guinea, donde sus padres estaban de misioneros. Más tarde, ya en su país, se licenció en Estudios Religiosos.

La cabaña empezó a circular entre sus amigos y poco a poco se ha convertido en todo un fenómeno literario y religioso. Ha estado 32 semanas en la lista de libros más vendidos del New York Times, ya se ha traducido a 25 idiomas y ha vendido más de seis millones de ejemplares en todo el mundo.

Estamos, pues, ante un fenómeno insólito, pues la novela tiene como tema principal la relación del hombre con Dios sin recurrir, como viene siendo habitual en los últimos años, a fenómenos paranormales, experiencias esotéricas o libros que, como los del brasileño Paulo Coelho, hacen un mejunje sincrético de diferentes religiones, con los inevitables toques de filosofía oriental, la moda más interplanetaria y más políticamente correcta.

Aunque Young ha escrito una novela, La cabaña es uno de esos libros de difícil clasificación. Por un lado, el envoltorio es una novela sencilla, fácil de leer, asequible a todos los lectores y con muchos toques melodramáticos. Pero el argumento del libro es la excusa para abordar cuestiones de mucho más calado que, sin embargo, gracias al género elegido, tienen la posibilidad de llegar a un público más amplio. El contenido, también, impide juzgar esta novela sólo por sus ingredientes literarios, más bien elementales y sensacionalistas, aunque lleno de buenos sentimientos. Los lectores de este libro buscan cosas distintas a la mera calidad estilística. Por sus intenciones, está próximo a los libros de autoayuda de contenido religioso, aunque la materia narrativa enriquece más la historia y sus efectos literarios.

Pero si no se puede criticar La cabaña exclusivamente desde un punto de vista literario, tampoco puede hacerse desde una perspectiva solamente religiosa, pues no se trata de un ensayo espiritual, ni un libro doctrinal, ni un libro piadoso, ni mucho menos catequético. La mezcla de intenciones, ingredientes y planteamientos es lo que hace que emitir cualquier juicio supone introducirse en un territorio resbaladizo.

Discutiendo con Dios

La cabaña cuenta la dramática experiencia que viven Mack, el protagonista, y su familia. En una excursión a los bosques de Oregón que hace Mack desaparece Missy, la hija más pequeña, de seis años. Todo parece indicar que se trata de un secuestro y, aunque su cuerpo no aparece, del posterior asesinato, pues las circunstancias son las mismas que otras desapariciones de niñas que conducen a un asesino en serie. Aunque Mack es una persona religiosa como toda su familia, lo sucedido le provoca una profunda crisis que enturbia su relación con Dios. Durante los años siguientes a la muerte de Missy entra en un largo periodo que él define comoLa Gran Tristeza, pues esos trágicos hechos siguen presentes en su vida interior y en el resto de los miembros de la familia.

Tres años después, Mack recibe una misteriosa carta firmada por “Papá” (nombre con el que Nan, su mujer, designa afectivamente a Dios), que le invita a pasar un fin de semana en la cabaña de Oregón donde encontraron algunos restos de Missy. Mack piensa que se trata de una broma macabra, o de una invitación del asesino y sin decir nada a nadie se presenta en la cabaña, asumiendo el absurdo de la nota recibida, del viaje y de toda la situación.

Y aquí comienza propiamente la novela, pues tras esta introducción se cuenta lo principal: el encuentro en la cabaña con el mismo Dios para abordar las diferencias que los separan.

A Mack se le aparecen las tres personas dela Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, cada uno con una imagen muy distinta a la que la tradición teológica y artística cristiana han figurado. El Padre (Papá) es una cariñosa y gruesa mujer negra; el Hijo, con rasgos de Oriente Medio, va vestido de carpintero moderno; el Espíritu Santo es una joven asiática, algo etérea, que se llama Sarayu (nombre de una deidad oriental).

El encuentro con las tres personas es uno de los momentos cruciales y más desconcertantes de la novela, pues es el que más cuesta asimilar. Sin embargo, si se supera y acepta el choque que provoca este momento, lo que viene a continuación es un exigente ejercicio religioso y literario de intentar explicar a los lectores contemporáneos la relación de Dios entre sí y con los hombres, relación que, en el caso de Mack, está condicionada porLa Gran Tristezay por el aparente desdén con el que Dios asume la trágica muerte de Missy.

Papá, Jesús y Sarayu charlan ese fin de semana con Mack, le explican sus puntos de vista, contestan a sus preguntas. Salen a relucir ideas tan profundas como la reconciliación, el dolor, el perdón, la caridad y, sobre todo, el amor de Dios por cada una de sus criaturas. Y la libertad, que lleva a Dios a aceptar las consecuencias, a veces negativas, que tienen las acciones de los hombres, como sucede en el caso de Missy.

Para lectores alejados

Es en estas conversaciones, tranquilas e interesantes, a ratos densas, donde reside lo mejor de este libro y, con diferencia, más el dramático argumento de la muerte de Missy, lo que más influye en los lectores. Por eso La cabaña también ha levantado expectación en Internet, donde muchos lectores han opinado sobre lo que ha supuesto su lectura. En la página de Amazon, hay hasta el momento 546 reseñas de los lectores.

Para la mayoría, alejados de la vida religiosa y con una inexistente o débil formación en cuestiones espirituales, su lectura les ha llevado a una apertura a la trascendencia. La cabaña les ha ayudado a replantearse su vida y su relación con Dios, y a descubrir un Dios cercano, interesado en la vida de los hombres, que tiene sensibilidad ante el sufrimiento humano. Más mella ha hecho todavía en lectores con problemas personales o que atraviesan un periodo de dificultad por enfermedad, reveses familiares, crisis afectivas, etc. Otros lectores, más exigentes y con más experiencia personal en su relación con Dios, ven en la novela asuntos doctrinales que les chirrían. Por ejemplo, la representación dela Santísima Trinidad (especialmente del Espíritu Santo, un personaje con rasgos propios de cierta mentalidad New Age); el valor que se da ala Biblia; algunos comentarios de Jesús sobrela Iglesia y las instituciones; el papel que tienen los sueños y las revelaciones; las consideraciones sobre el infierno, etc. Un lector católico echará en falta referencias a los sacramentos o la Virgen. Pero tampoco cabe esperar que una novela intente abarcar una exposición teológica.

El libro ha tenido una especial acogida en el mundo protestante, aunque el autor, en una entrevista, ha confesado que “el libro no tiene que ver nada con cultura y religiones, sino que es una manera de comunicarse con Dios”. En la novela, evita el autor entrar en cuestiones que podían provocar una división o sembrar ideas polémicas que se aprecian de una u otra manera entre los protestantes y los católicos. En este sentido, Young se queda en el terreno de las generalidades -profundas generalidades-, actitud que lleva consigo también el peligro de adaptar la religión a las aspiraciones más subjetivas y sentimentales, dentro de una espiritualidad difusa.

El principal acierto de La cabaña es que transmite a los lectores un auténtico sentimiento religioso y espiritual. Esta es su novedad. Su lectura puede provocar que los lectores que viven alejados de la religión y de Dios se planteen algún tipo de cambio o busquen más información o inicien un camino de vuelta a su religiosidad perdida. Por último, además, conviene no olvidar que estamos ante una novela, con las ventajas y los condicionantes que esto supone.


[1] Adolfo Torrecilla en Aceprensa, 1 de febrero de 2011.

OPORTUNIDAD EN LA COMUNICACIÓN[1]

Cuando dos personas se constituyen en matrimonio, evidentemente lo hacen con la intención de ser más felices que hasta entonces. Para eso tiene que haber una intercomunicación personal que haga la vida más atractiva de lo que era.

¿Realmente son más felices? No se sabe. Porque nunca se sabe cómo sería la vida de una persona si no hubiera tomado una determinada decisión. Aunque luego la destome. Ya es otra vida, con otro pasado, etcétera.

Mejor que la pregunta anterior, quizá sería más adecuado preguntar: «¿Se ponen los medios para que eso sea así? ¿Realmente después de casados la comunicación es mayor que antes?»

No se puede generalizar, pero lo que se oye con mucha frecuencia es que los matrimonios adolecen de una gran falta de comunicación. No porque no haya cosas que decir, sino por falta de ilusión para decir las cosas. Cuanto menos se comunica, menos ganas se tienen de comunicar.

La convivencia (vivir-con) se convierte en una coexistencia (existir-con) pacífica (esperemos), como se decía de la relación entre las dos grandes potencias, cuando en la Tierra había dos grandes bloques. No se agredían pero tampoco había ninguna comunicación entre ellas.

La vida en común puede terminar en lo mismo. Sobre todo, si se considera el inicio de esta vida como un final, como la llegada a algún sitio, «¡Ya estoy casado!», y no como el comienzo de algo.

Cuando se cambia de casa hay que convertirla en un hogar, hay que hacerla. Cuando una persona cambia de trabajo es un volver a empezar, un poco partir de cero; aunque se haya mejorado, tiene que empezar a construirse.

Cuando uno cambia de estado tiene que rehacer su vida para que esa vida, en ese nuevo estado, tenga éxito. Sin embargo, la expresión rehacer la vida sólo se emplea cuando uno se separa.

Realmente, si se tiene la idea de que se debe construir se pondrán los medios para comunicar, conocerse. Nunca es tarde para establecer ese diálogo que debe existir, y romper las barreras en este terreno, como son la televisión, la timidez, la prisa, el miedo a la verdad, etcétera.

¿Por qué no puede uno hablar con su pareja de determinados temas? Temas de los que, por otra parte, habla con otras muchas personas, e incluso habla con todo el mundo menos con su pareja.

Hay que romper las barreras hablando, aprovechando los momentos receptivos de la otra persona y siendo oportunos. Sin olvidar que una comunicación inoportuna es una barrera más que distorsiona la comunicación.


[1] CONTRERAS, José Mª, Pequeños secretos de la vida en común, Barcelona, Planeta, 2007.